Aprender a vivir con los vientos del cambio

Aprender a vivir con los vientos del cambio 

Hace unas semanas, durante un diálogo que formaba parte de una clase de MBSR, surgió un tema que se repite con frecuencia. Una participante hablaba de la preocupación que sentía por una persona cercana. No se trataba de una situación extraordinaria ya que no había una crisis grave ni una emergencia. Simplemente veía a alguien a quien quería tomar decisiones que no compartía y sentía una mezcla de inquietud, impotencia y deseo de intervenir.

Gran parte de nuestro sufrimiento tiene que ver con algo tan humano y cotidiano como es la dificultad para convivir con aquello que no podemos controlar.

Tenemos claro que cuando aparecen el dolor, la enfermedad o la pérdida nos enfrentamos a grandes desafíos. Sin embargo, los pequeños tropiezos de la vida cotidiana suelen pasar más desapercibidos. Y cuando nos hacen sufrir, a menudo nos juzgamos: «No debería estar así; si en realidad lo tengo todo, tengo salud ahora, trabajo, familia…». 

Y muchas de nuestras dificultades no siempre provienen de las grandes pérdidas o de los momentos más dolorosos, sino de nuestra dificultad para aceptar que las cosas no sean como esperamos, que las personas que queremos no se comporten como nos gustaría o que tomen decisiones que creemos que les perjudican y, en general, de nuestra incapacidad para controlar y rendirnos a la realidad.

Por eso me gusta tanto que la tradición budista conceda un lugar tan importante a la ecuanimidad.

La ecuanimidad (upekkhā) aparece como la última de las cuatro Moradas Divinas o Brahmavihāras, después de la buena voluntad (mettā), la compasión (karuṇā) y la alegría apreciativa (muditā). Se la describe como una cualidad capaz de sostener y equilibrar a las demás. Porque amar, cuidar o alegrarnos por la felicidad de otros resulta relativamente fácil cuando las circunstancias acompañan. La práctica adquiere otra profundidad en esas situaciones de las que hablaba antes, cuando la vida toma direcciones que no habríamos elegido.

La palabra pali upekkhā suele traducirse como ecuanimidad, equilibrio o amplitud de visión. Me gusta especialmente esta última expresión. Habla de la cualidad que nos permite mirar una situación difícil sin perder de vista que forma parte de algo más amplio y recordar que la vida contiene más elementos de los que alcanzamos a ver desde nuestra percepción inmediata, siempre limitada y a menudo errónea.

Los antiguos textos budistas utilizaban una imagen muy sugerente para hablar de esta realidad. La llamaban los ocho vientos mundanos que son:

  • el placer y el dolor, 
  • la ganancia y la pérdida,
  • el elogio y la crítica,
  • y la fama y el desprestigio.

Me sorprende que esta lista tenga más de dos mil años y siga tan vigente en nuestros días.

Sabemos lo agradable que resulta recibir reconocimiento y lo incómodo que puede resultar sentirnos cuestionadas o ignoradas. Todos conocemos la satisfacción de que las cosas salgan bien y la frustración que acompaña a algunos fracasos. Ninguna vida queda al margen de estos movimientos.

Y claro, los vientos son vientos y cambian de dirección: a veces soplan a favor y otras veces en contra.

La práctica de la ecuanimidad nos invita a descubrir cómo permanecer presentes y recuperar el equilibrio mientras soplan a favor o en contra y cuando cambian.

Es saludable detenernos a considerar si estamos asociando (de manera consciente o no)  el bienestar con la capacidad de conseguir lo que deseamos. Si es así, basta con observar más de cerca nuestra experiencia para comprobar que ese bienestar es muy frágil si depende solo de las circunstancias externas. Porque, como los vientos, las condiciones cambian, las personas cambian, y nosotras mismas cambiamos.

La ecuanimidad introduce una pregunta diferente: ¿qué ocurre cuando dejamos de buscar estabilidad en aquello que inevitablemente está cambiando?

Y creo que esta cuestión se vuelve especialmente relevante en nuestras relaciones.

Muchas personas llegan a la práctica de mindfulness después de descubrir cuánto sufren por alguien a quien quieren. Los hijos, parejas, padres, amistades o colegas. Queremos ayudar. Queremos proteger y evitar determinados errores o aliviar ciertos dolores. Y, sin darnos cuenta, empezamos a cargar con responsabilidades que nunca estuvieron realmente en nuestras manos.

¿Te ha pasado? 

La ecuanimidad nos recuerda algo sencillo y difícil de digerir en ocasiones: que cada ser humano tiene su propio camino.

Y eso supone reconocer que podemos ofrecer presencia, apoyo y amor sin asumir el control de la vida de otras personas. Significa comprender que todos estamos inmersos en una red inmensa de causas y condiciones que rara vez alcanzamos a comprender por completo.

Esta comprensión suele traer consigo una forma distinta de descanso, un bienestar que no surge de que “todo vaya bien”. Hay un alivio que aparece cuando dejamos de luchar contra aquello que ya está ocurriendo.

La práctica de mindfulness nos permite entrenar esta capacidad en situaciones muy sencillas. Observamos cómo surge una emoción agradable y cómo cambia. Observamos una incomodidad física, una preocupación o un pensamiento repetitivo. Observamos el impulso de aferrarnos a algunas experiencias y de rechazar otras. Y este observar no supone distanciarnos de la experiencia, sino entrar en una conexión íntima y directa con ella, permitiendo que las cosas sean como son en este momento. Lejos de desgastarnos luchando contra lo que ya es, podemos emplear esa energía en recuperar nuestro centro, apoyadas por el bienestar interno y sutil de la presencia.

Poco a poco vamos descubriendo que el equilibrio no es un estado fijo que se alcanza de una vez para siempre. Se parece más a un movimiento continuo de ajuste, como el de un giroscopio, parecido al que sentimos al caminar, navegar o al montar en bici. Hay momentos de estabilidad y momentos en los que la perdemos. Lo importante es desarrollar la capacidad de regresar.

Los retiros de silencio ofrecen un contexto especialmente valioso para profundizar en este aprendizaje. Al simplificar temporalmente la vida cotidiana, disponemos del tiempo y del espacio necesarios para observar con mayor claridad los movimientos de la mente y del corazón. Empezamos a reconocer con más precisión aquello a lo que nos aferramos, aquello que rechazamos y aquello que intentamos controlar.

Y, a veces, entre una respiración y la siguiente, aparece la comprensión de que la vida nunca ha dejado de cambiar.

En agosto de 2026, Patricia Genoud y yo tendremos la alegría de dedicar nuestro retiro residencial de mindfulness y silencio a la exploración de esta cualidad tan esencial. Durante esos días investigaremos cómo cultivar una presencia más estable, más abierta y sabia en medio de las inevitables transformaciones de la vida.

Los vientos seguirán soplando.

¿Cómo aprender a vivir en armonía con ellos?

Retiro de Mindfulness y Silencio
con Patricia Genoud y Ana Arrabé

Del 23 al 28 de agosto de 2026
Modalidad presencial en Madrid
PLAZAS LIMITADAS
eus3 ana arrabe retiro septiembre 2024 madrid santa maria de los negrales

Ana Arrabé

Fundadora de Eus3 y de Way of Nature Spain. Dirige la Formación de Profesores de MBSR en el Nirakara Mindfulness Institute. Certificación en la enseñanza de MBSR (Mindfulness-Based Stress Reduction) por el Centro Médico de la Universidad de Massachusetts y Certificación como formadora de Profesores de MBSR por el Mindfulness Center de la Universidad de Brown. Profesora de Programas de Mindfulness Interpersonal por la comunidad de Insight Dialogue y Metta. Postgrado universitario en Inteligencia Emocional (UCJC) y miembro de la red Global Mindfulness Collaborative (GMC).

Su visión del estrés como una de las principales causas de sufrimiento en las personas, en las organizaciones y en la sociedad, y su pasión por el potencial virtuoso que ofrece el entrenamiento de la mente son su inspiración en la docencia.

Desde 2010, Ana Arrabé imparte formación, seminarios e intervenciones basadas en mindfulness abiertas al público en general, In Company y en el entorno académico.

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